Es mi rabia
mi lucha contra el mundo
es el desarraigo
es la sensación de no ser de aquí
de querer huir
Es la gente que frivoliza
engaños apariencias falsedades
es la gente que no siente
es esta vida sucia dominada por la ira
Y en este mundo de amargura
poca gente nace con el don de la risa
conservadlo, caballeros
es el antídoto para la violencia y la ignorancia
Hay muchas máculas en nuestra alma para dar marcha atrás
necesitamos alguien que nos salve
nosotros mismos en concreto
pero no os hacemos caso
dejamos que el tiempo corra
que venga la lluvia como ácido
No mires hacia abajo, hacia el barro
mira hacia las estrellas de mirada ardiente
que tu corazón eche a volar
que tus pies se liberen del cepo de maldad
que tu alma se interne en el vacío, en el abismo
y la ignorancia ya no podrá atraparte
Es todo lo que tienen
ellos no comprenden
no comprenden los sueños, las sonrisas
te mirarán con sus ojos inertes
y tu risa volará hacia el sol como un águila real
ya nadie puede hacerte daño
Empieza la función
mira observa comprende
si tú les enseñas a sentir
yo les enseñaré a volar
Letras en las paredes
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miércoles, 30 de julio de 2014
domingo, 9 de febrero de 2014
Siberia
Había música de los sesenta en tu coche
y manchas de tiempo en el salpicadero
y la palanca de mandos guiaba mi corazón
corazón latente, miserable.
Las viejas grietas de la carretera nos sonríen
irónicas, burlescas, compinchadas con la nieve
y las garras del tiempo ríen a carcajadas
y el humo de tu aliento sabe a rabia roja.
Los silencios se hacen largos
los cafés se nos enfrían en la boca
las miradas topan contra muros de hierro
y nuestras manos huyen acorbardadas.
Es un vasto territorio el de tu pecho
tu corazón magmático se ha tornado hielo
—azulgrisnegroblancoplata—
y me escondo en las gotas de lluvia.
El aire sabe a miedo
el aire sabe a rabia
a palabras que me callé
a palabras como cuchillos afilados.
Nuestro pulso ya no es una sinfonía
ahora son martillos y piedra entrechocando
son amantes distanciados
y el lado vacío de la cama.
Siberia soy yo
y tú la aurora boreal
y ojalá estuvieras aquí
para desterrar tu propio frío de mi alma.
y manchas de tiempo en el salpicadero
y la palanca de mandos guiaba mi corazón
corazón latente, miserable.
Las viejas grietas de la carretera nos sonríen
irónicas, burlescas, compinchadas con la nieve
y las garras del tiempo ríen a carcajadas
y el humo de tu aliento sabe a rabia roja.
Los silencios se hacen largos
los cafés se nos enfrían en la boca
las miradas topan contra muros de hierro
y nuestras manos huyen acorbardadas.
Es un vasto territorio el de tu pecho
tu corazón magmático se ha tornado hielo
—azulgrisnegroblancoplata—
y me escondo en las gotas de lluvia.
El aire sabe a miedo
el aire sabe a rabia
a palabras que me callé
a palabras como cuchillos afilados.
Nuestro pulso ya no es una sinfonía
ahora son martillos y piedra entrechocando
son amantes distanciados
y el lado vacío de la cama.
Siberia soy yo
y tú la aurora boreal
y ojalá estuvieras aquí
para desterrar tu propio frío de mi alma.
domingo, 12 de enero de 2014
Sinfonía de la tristeza: segundo movimiento
Un día la persona salió a la calle
Era invierno
El aire sabía a nieve
El aire sabía a rabia
Había gente por las calles
Tenían los corazones rotos
Tenían las voces rotas
Pero no dejaban de gritar
La persona volvió a tener miedo
Pero la gente era amiga suya
Gritaban por ella con sus voces rojas
Por ella y por todos los demás
Había pancartas negras como cuervos
Y rabia en los corazones
Y Zéca Afonso cantaba por los altavoces
Y nadie tenía miedo
Antes la rabia le daba miedo
Porque era del color de su sangre
Pero la persona sintió inflamar su corazón
Y floreció la rabia en su pecho
Le dijeron que no todas las rabias eran malas
Que la rabia movía a la gente
Se paró y pensó
Quizá tuvieran razón
Pero estaba asustada
No sabía qué pensar
La empujaban
La presionaban
Se subió a lo alto de la colina y chilló
Chilló a los adultos
Chilló a los niños
Chilló y chilló
Comprendió
Y su corazón se rompió
Y su voz se rompió
Pero no sentía miedo
Y acompañó a Zéca Afonso
Y siguió chillando
Y siguió luchando
Y algo cambió
Era invierno
El aire sabía a nieve
El aire sabía a rabia
Había gente por las calles
Tenían los corazones rotos
Tenían las voces rotas
Pero no dejaban de gritar
La persona volvió a tener miedo
Pero la gente era amiga suya
Gritaban por ella con sus voces rojas
Por ella y por todos los demás
Había pancartas negras como cuervos
Y rabia en los corazones
Y Zéca Afonso cantaba por los altavoces
Y nadie tenía miedo
Antes la rabia le daba miedo
Porque era del color de su sangre
Pero la persona sintió inflamar su corazón
Y floreció la rabia en su pecho
Le dijeron que no todas las rabias eran malas
Que la rabia movía a la gente
Se paró y pensó
Quizá tuvieran razón
Pero estaba asustada
No sabía qué pensar
La empujaban
La presionaban
Se subió a lo alto de la colina y chilló
Chilló a los adultos
Chilló a los niños
Chilló y chilló
Comprendió
Y su corazón se rompió
Y su voz se rompió
Pero no sentía miedo
Y acompañó a Zéca Afonso
Y siguió chillando
Y siguió luchando
Y algo cambió
lunes, 23 de septiembre de 2013
¿Y si no?
Encontrarás tu lugar en el mundo, nos dicen en algún momento u otro de nuestra vida.
Sí, ya.
Seguro.
Sí, ya.
Seguro.
Me gustaría decir que sí, que un día de estos la sociedad entera decidirá que lo que nos une es más importante que las diferencias que nos han separado siempre, pero entonces, y lamentándolo mucho, mentiría.
¿Todos iguales? ¿En este mundo podrido?
Venga, venga, señores, dejémonos de utopías y pasemos al café y los compromisos sociales absurdos.
Ser diferente es un don escaso, pero no demasiado preciado. ¿Es posible pensar por ti mismo cuando dependes de un millón de pequeñas acciones al día que son analizadas, juzgadas, sometidas a examen y regurgitadas hasta extraerle todas las interpretaciones posibles?
No lo creo.
Consideradme pesimista y amargada si queréis. Pero al menos soy sincera.
Si cuentas cosas de tu vida, eres una pesada. Si sólo cuentas unos pocos sucesos, estás cerrada como un huevo. Si contestas mal una vez, eres una borde y te lo guardan para siempre. Si respondes bien jamás te lo tienen en cuenta, faltaría mal. Si estás de mal humor tienes que guardártelo para ti y sonreír, porque si dejas que salga fuera te critican. "No se puede hablar contigo", te dicen. La comprensión no es unidireccional, lo dejo caer. Si eres más independiente y necesitas más espacio que otras personas, no eres cariñosa.
Por favor, un aplauso. Ser humano, suba al escenario, por favor. Ha de recoger el premio a Especie Más Estúpida.
Hay veces que tengo tantas ganas de ponerme a chillar, gritar que yo no encajo en ese molde en el que pretenden meterme a la fuerza. Que cada vez que me contengo y respondo bien cuando quiero estrangular a alguien estoy haciendo un esfuerzo descomunal. Me sulfuro y quiero romper cosas cuando me echan en cara que no consigo controlarme.
La gente cambia, dicen.
Pero cuando eres tú la que cambia, eso ya no es válido.
¿Qué ocurre cuando te sientes tan ajena al mundo que has llegado a preguntarte qué está mal contigo, por qué no consigues encajar?
¿Qué ocurre entonces, eh? ¿Alguien sabe decírmelo?
Yo misma me respondo: que tienes que fingir. No se admiten diferencias en este mundo para borregos.
Encontrarás tu lugar en el mundo, dicen.
¿Y si no?
lunes, 13 de mayo de 2013
Sinfonía de la tristeza: primer movimiento
Había nubes de todos los colores
y muchas letras de canciones
y un tocadiscos obsoleto
y había una persona triste
Había un callejón sin salida
el viento volaba entre las hojas
pero las hojas no eran más que sueños
y cada sueño tenía una herida
La persona escribía poemas en las paredes
las palabras no le hacían daño
no podían hacerle daño
porque estaban encerradas en la tinta
Hasta que un día recibió un poema
escrito en un trozo de papel higiénico
y aquel poema sí le hizo daño
y cada lágrima era una daga afilada
Se encerró en el cuarto de baño
y los espejos se reían a carcajadas
y había poemas rojos en el papel higiénico
y pájaros negros dentro de su cabeza
Un día decidió salir a la calle
se paró y miró
había nubes de colores
y el viento volaba entre las hojas
había cuervos colgados del cielo
y Frank Sinatra cantaba en el tocadiscos
y las hojas se enredaban en sus pies
pero nada de aquello le dio miedo
Tampoco le dio miedo el cuchillo de la cocina
ni el color escarlata en el linóleo
pero sí la expresión de pánico de su madre
y también las paredes del hospital, vacías de poemas
Pasó el tiempo
y la persona volvió a escuchar a Frank Sinatra
y volvió a escribir poemas en las paredes
y comprendió que no debía temer a la tristeza
porque ella formaba parte de todo
y no formaba parte de nada
y ya no estaba triste
y ya no tenía miedo
y muchas letras de canciones
y un tocadiscos obsoleto
y había una persona triste
Había un callejón sin salida
el viento volaba entre las hojas
pero las hojas no eran más que sueños
y cada sueño tenía una herida
La persona escribía poemas en las paredes
las palabras no le hacían daño
no podían hacerle daño
porque estaban encerradas en la tinta
Hasta que un día recibió un poema
escrito en un trozo de papel higiénico
y aquel poema sí le hizo daño
y cada lágrima era una daga afilada
Se encerró en el cuarto de baño
y los espejos se reían a carcajadas
y había poemas rojos en el papel higiénico
y pájaros negros dentro de su cabeza
Un día decidió salir a la calle
se paró y miró
había nubes de colores
y el viento volaba entre las hojas
había cuervos colgados del cielo
y Frank Sinatra cantaba en el tocadiscos
y las hojas se enredaban en sus pies
pero nada de aquello le dio miedo
Tampoco le dio miedo el cuchillo de la cocina
ni el color escarlata en el linóleo
pero sí la expresión de pánico de su madre
y también las paredes del hospital, vacías de poemas
Pasó el tiempo
y la persona volvió a escuchar a Frank Sinatra
y volvió a escribir poemas en las paredes
y comprendió que no debía temer a la tristeza
porque ella formaba parte de todo
y no formaba parte de nada
y ya no estaba triste
y ya no tenía miedo
martes, 29 de enero de 2013
Calle mojada en otoño
Hace sol, pero llueve.
Hace sol y son las ocho. Llueve y son las ocho y cuarto, y es la calle.
La calle es el calor de las personas. Son las ocho y cuarto, y son farolas de guardia por la noche, y es hálito negro de tristeza.
Ahí estás tú. Eres plumas de cuervo y eres olas de amatista, y eres peligro ondulante y eres luna rielada en los tejados. Eres frambuesas frescas y eres golondrinas.
Y eres yo, pero yo no soy tú.
Yo soy tormenta y soy fuego. Soy león y soy dunas en el desierto, y soy colibrí y soy selva empapada. Soy madera pulida y ojos de miel. Soy rayo serpenteante y soy alfombra mullida.
Hace sol, pero llueve.
Y sale el arco iris.
Y somos nosotros.
Somos violencia y somos noche de bruma. Somos gritos y somos sollozos y sábanas enredadas. Somos tú y yo sin más, pero tampoco menos.
Son las ocho y cuarto. O las ocho. O las ocho y media.
No lo sé.
Las calles -gente, asfalto, farolas, nubes- se ondulas, porque la calle eres tú y la calle soy yo, y somos nosotros los que la creamos andando.
sábado, 19 de enero de 2013
Cuestión de ser feliz
Estaba mirando este día tan bonito, con oleadas de lluvia y mareas de viento, cuando se me ocurrió la respuesta a la pregunta, ¿o es La Pregunta? Porque todos nos la hacemos en algún momento de nuestras vidas.
¿No me entiendes?
Sígueme, te lo explicaré.
Imagina que la felicidad para ti está en los amigos, la familia, la gente. Vas a los sitios, conoces gente, pasas las noches cenando con tu familia, tienes hijos, disfrutas viéndolos crecer, tienes salvajes noches con la persona amada, estás contento con tu trabajo. Pero no has encontrado la felicidad. Y tienes tu vida hecha, y decides cambiarla.
Estudias inglés u otros idiomas para comunicarte con la gente extranjera, coges aviones y trenes, adquieres una caravana, llenas el depósito de gasolina de tu coche... en resumen: viajas a otro país. Y allí exploras su cultura, conoces a su gente, degustas su gastronomía, vives por sus paisajes, lees su literatura, imitas sus costumbres, investigas su religión. Pero no has encontrado la felicidad. Y cortas los lazos que te unen a ese país y prosigues con tu búsqueda.
Entonces crees que la felicidad podría estar escondida entre las páginas de un libro. Vas a las bibliotecas. Compras libros. Los descargas. No importa. El caso es que te sumerges en un torbellino de historias apasionantes, ensayos que retan tu forma de pensar, que te obligan a replantearte todo lo que tenías por seguro. Adquieres nuevos conocimientos, tan vastos y frescos como la selva amazónica. Pero no has encontrado la felicidad.
Se te ocurre que tal vez la felicidad esté en las pequeñas cosas, que no hace falta tenerlo todo. Abandonas tus libros. Te mezclas con gente que jamás imaginaste: mendigos, drogadictos, presos, manifestantes, personas necesitadas de ayuda; abandonas todos tus esquemas de vida ordenada y te lanzas a la cruda realidad. Y sigues sin encontrar la felicidad. Pero ya eres muy mayor, y te tumbas en la cama y te duermes.
Y entonces piensas, ¿de verdad no he sido feliz? ¿De verdad no he disfrutado de los viajes, de mi gente, de los libros, del ardor de la vida? ¿Y si me hubiera quedado postrado en la cama, igual que ahora, esperando que la felicidad me encontrase a mí en vez de ir yo a ella? ¿Hubiera sido más feliz? No lo sé, no me importa. Sí, he sido feliz. Porque la felicidad completa no existe, pero cada instante de alegría compensa las penurias.
Y creo que ésa es mi respuesta a la pregunta universal: la felicidad consiste en buscar la felicidad.
¿No me entiendes?
Sígueme, te lo explicaré.
Imagina que la felicidad para ti está en los amigos, la familia, la gente. Vas a los sitios, conoces gente, pasas las noches cenando con tu familia, tienes hijos, disfrutas viéndolos crecer, tienes salvajes noches con la persona amada, estás contento con tu trabajo. Pero no has encontrado la felicidad. Y tienes tu vida hecha, y decides cambiarla.
Estudias inglés u otros idiomas para comunicarte con la gente extranjera, coges aviones y trenes, adquieres una caravana, llenas el depósito de gasolina de tu coche... en resumen: viajas a otro país. Y allí exploras su cultura, conoces a su gente, degustas su gastronomía, vives por sus paisajes, lees su literatura, imitas sus costumbres, investigas su religión. Pero no has encontrado la felicidad. Y cortas los lazos que te unen a ese país y prosigues con tu búsqueda.
Entonces crees que la felicidad podría estar escondida entre las páginas de un libro. Vas a las bibliotecas. Compras libros. Los descargas. No importa. El caso es que te sumerges en un torbellino de historias apasionantes, ensayos que retan tu forma de pensar, que te obligan a replantearte todo lo que tenías por seguro. Adquieres nuevos conocimientos, tan vastos y frescos como la selva amazónica. Pero no has encontrado la felicidad.
Se te ocurre que tal vez la felicidad esté en las pequeñas cosas, que no hace falta tenerlo todo. Abandonas tus libros. Te mezclas con gente que jamás imaginaste: mendigos, drogadictos, presos, manifestantes, personas necesitadas de ayuda; abandonas todos tus esquemas de vida ordenada y te lanzas a la cruda realidad. Y sigues sin encontrar la felicidad. Pero ya eres muy mayor, y te tumbas en la cama y te duermes.
Y entonces piensas, ¿de verdad no he sido feliz? ¿De verdad no he disfrutado de los viajes, de mi gente, de los libros, del ardor de la vida? ¿Y si me hubiera quedado postrado en la cama, igual que ahora, esperando que la felicidad me encontrase a mí en vez de ir yo a ella? ¿Hubiera sido más feliz? No lo sé, no me importa. Sí, he sido feliz. Porque la felicidad completa no existe, pero cada instante de alegría compensa las penurias.
Y creo que ésa es mi respuesta a la pregunta universal: la felicidad consiste en buscar la felicidad.
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