Había música de los sesenta en tu coche
y manchas de tiempo en el salpicadero
y la palanca de mandos guiaba mi corazón
corazón latente, miserable.
Las viejas grietas de la carretera nos sonríen
irónicas, burlescas, compinchadas con la nieve
y las garras del tiempo ríen a carcajadas
y el humo de tu aliento sabe a rabia roja.
Los silencios se hacen largos
los cafés se nos enfrían en la boca
las miradas topan contra muros de hierro
y nuestras manos huyen acorbardadas.
Es un vasto territorio el de tu pecho
tu corazón magmático se ha tornado hielo
—azulgrisnegroblancoplata—
y me escondo en las gotas de lluvia.
El aire sabe a miedo
el aire sabe a rabia
a palabras que me callé
a palabras como cuchillos afilados.
Nuestro pulso ya no es una sinfonía
ahora son martillos y piedra entrechocando
son amantes distanciados
y el lado vacío de la cama.
Siberia soy yo
y tú la aurora boreal
y ojalá estuvieras aquí
para desterrar tu propio frío de mi alma.
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