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sábado, 12 de mayo de 2012

1/4/2011

Soy consciente de que tal vez aparecer por casa con ella, como si nada, no fuera el mejor de los métodos; pero fue efectivo, ya que a partir de aquel día fuimos uno más en la familia. Ella era pequeña, con el cuerpo negro y blanco como una vaca; en la cara tenía un antifaz negro en que destacaban esos ojos suyos tan expresivos. Debajo de ellos, su boca era un triángulo casi perfecto, capaz de abrirse en un bostezo gigante, en un maullido estridente o para pegarte un mordisco en los dedos. Yo la recuerdo siempre corricando escaleras arriba y abajo, saltando hacia el sofá o durmiendo pacíficamente, ofreciéndonos a todos un merecido descanso de sus travesuras. A veces se quedaba en la puerta, maullando, agitando ese rabo corto y desfigurado -resultado de rompérselo tiempo atrás- hasta que alguien le hacía caso. Por la mañana, mientras los humanos estábamos en el instituto, ella hurtaba nuestra ropa interior y jugaba con mis calcetines. Cuando llegábamos corría hasta la puerta y te recibía siempre con sus maullidos de niña consentida. Pues eso es lo que era: una niñita mimada que dormía en mi cama, que siempre conseguía que dejase de estudiar o de lo que fuera para jugar con ella, que aunque ponía de los nervios a toda la familia con sus mordiscos o al afilarse las garras en el sofá siempre salía sin represalias. Fueron tiempos felices; pero aquél que dijo que todo lo bueno acaba debía de tener razón, porque perdí a mi mejor amiga ese uno de abril de dos mil once. Desde entonces he soñado muchas veces con ella, pero aún no soy capaz de pensar en ella sin llorar. Porque ella era quien ponía algo de color en mi vida a cambio de que yo la salvase de la muerte; quien hacía las tardes estudiando soportables; quien me sacaba de mis casillas una y mil veces. Por eso ese uno de abril fue un día maldito, un día que no debería haber existido. IN MEMORIAN.

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