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domingo, 29 de abril de 2012

El pozo del alma

Miradas. Sí, miradas. Miradas ardientes y frías, miradas alegres y tristes, vibrantes y cansadas. Azules, verdes, oscuras. Miradas tan expresivas que te atraviesan entera, que hacen brincar el corazón en el pecho, que dejan sin respiración. Miradas tan quedas y tranquilas que tienes que escarbar hasta el fondo para encontrar los sentimientos, y cuya recompensa suele ser mejor de lo que esperamos. Nuestra mirada desnuda hasta el último rincón de nuestra alma. Cuando no llegan las palabras, allí están ellas, silenciosas, intensas, repletas de significado. Hay quien dice que es imposible leer en la forma de mirar de alguien. Yo no comparto esa opinión y, de hecho, me pregunto si quien lo afirma tan libremente está ciego o simplemente es insensible a la parte más bella de nuestra anatomía. Son como estrellas fugaces, como un día de lluvia, como desayunar con la persona amada, como hundirse en la serenidad de un cuadro, como el olor a cansancio de un autobús por la mañana, como acariciar los pétalos de terciopelo de una rosa. A veces una sola mirada puede hacernos abandonar y seguir a su dueño hasta el último rincón del mundo. Como la tuya. Ah, sí. Tu mirada era tan expresiva que me hacía sumergirme en un vendaval negro. Negro como tus ojos. Porque la tuya es una mirada que permanecerá clavada en mi alma, cual espina, por siempre jamás.

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