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domingo, 25 de marzo de 2012

BBR

Durante un momento, estoy hablando con mis amigas sobre nuestros veranos y, al siguiente instante, vuelvo a ser una niña pequeña. Comienzo a recordarlo todo, todo...
Recuerdo la casa. Grande, blanca, indestructible según mi perspectiva de niña; sólida, lo suficiente como para que, en aquellas noches en que mi hermano me contaba historias de miedo sobre hombres lobo, yo pudiera dormir tranquila, con el ruido de la lluvia de telón de fondo. Soñaba con que aquellas criaturas, tanto de la mitología gallega como de cualquier otro rincón del mundo, bajaban desde la vía del tren e intentaban atacar a la casa, pero ella, envuelta en una manta protectora, los rechazaba con facilidad. Al día siguiente, en la escuela, los miedos de la noche se desvanecían al ver a mis compañeros. Éramos catorce o quince, con unas edades que abarcaban desde los tres hasta los siete años. Me acuerdo de los más pequeños, que prescindían de los zapatos con el consecuente castigo; los más mayores, que hacían deberes copiados del encerado de una dificultad que en aquellos tiempos me parecía impensable. Yo llevaba mi mandilón, el babi como le llamaba, que mi madre dejaba cuidadosamente planchado del día anterior en una silla del salón. Recuerdo sentarme junto a mi mejor amigo de entonces, Diego, con nuestros libros de texto. Hacíamos los deberes que nos encargara la profesora, salpicados de bromas y risas. Incluso aquellas mañanas trabajando eran felices.
Con otra punzada de nostalgia, recuerdo mis cumpleaños. Casi siempre celebrados en el exterior de la casa, en la finca, contándoles a mis amigos historias fantásticas sobre un monstruo que cuidaba de los habitantes de la casa y luchaba contra nuestras pesadillas. Recuerdo a mi padre con un delantal sobre los vaqueros, sonriéndome mientras preparaba sardinas asadas en la noche de San Juan, seguidas inmediatamente por el salto al fuego, que se llevaba a cabo en la parte de arriba de la finca. Me acuerdo de las exploraciones por el bosque jugando a ser Robin Hood (mi hermano) y lady Marian (yo); las columpiadas en la rueda que mi padre colgó cuando cumplí algunos años, tal vez cuatro o cinco ("¡Más alto, más alto!"); las caminatas hasta Breamo, que son tres kilómetros a pie cuesta arriba, bien recompensadas con un bocadillo de queso con miel y estirar las piernas bajo el sol.
Y después, aparte de la casa y el colegio, estaba la playa. Cuántas veces he jugado a saltar las olas cogida de la mano de mi padre, trepar por las rocas con los pies descalzos, creerme un delfín nadando en el agua, jugar a enterrarse en la arena y finalmente caer rendidos en la toalla, sólo para volver a jugar un rato después. Adoraba descubrir pozas llenas de peces o de cangrejos diminutos, y cuevas que en mi imaginación siempre guardaban algún tesoro, custodiado por un dragón u otra criatura mágica; y que yo, náufraga de algún barco, debía recuperar para volver a casa. Cuando la arena ya estaba fría, mi madre nos llamaba y volvíamos a casa, donde el agua caliente de la ducha esperaba por nosotros, seguida por una cena entre risas y, con suerte, un cuento. ¡Ah, los cuentos! Cuántas veces he sido una princesa de leyenda, un potro salvaje, una exploradora intrépida. Y, cuando finalmente los ojos se me cerraban de sueño, mis padres me arropaban y me besaban mientras yo fingía estar ya dormida.
Echo de menos aquellos días, sí, y muchas veces sueño con volver a vivir siquiera una semana más siendo de nuevo pequeña; pero entonces me recuerdo que puedo hacerlo cuando quiera, simplemente caminando hacia atrás por mi memoria.
El instante de recuerdos termina; éstos se vuelven a esconder en algún rincón de mi mente, y de nuevo las caras sonrientes de mis amigas y me rodean y vuelvo a tener quince años.

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