Es evidente que no puedo vivir sin él. ¿Qué sería de nosotros sin sus discursos revolucionarios, sin sus broncas siempre terminadas en risas? Echaría de menos hasta la saciedad las mañanas despertándonos a las doce y media después de estar hasta las tantas viendo películas viejas, o bien levantarme por la ópera, la música clásica o el rock n' roll que proviene del salón, invariablemente con una sonrisa en los labios; la buena comida, resultado de pasar toda la mañana cociendo a fuego lento las zanahorias, la cebolla y los pimientos; la alegría que se percibe en su voz cuando me coge el teléfono; reírnos a escondidas de la risa estridente de la vecina o de las fiestas que dan los estudiantes por las noches; hacer chocolate con bizcocho de Guitiriz (Lugo) en los días de lluvia; tardes en que no me apetece salir, quedarme leyendo en silencio en casa; reírnos los tres juntos de los padres que tratan a sus hijos como profesionales en el equipo de fútbol de mi hermano; ir a las setas, cuando éramos más pequeños, tras un día de lluvia especialmente intenso.
Son tantos los buenos recuerdos que ya ni sé dónde guardarlos. Lo que sí sé es que él es una persona en la que confiar, con la que pasar un rato divertido; es un hombre tan bueno, tan comprensivo, tan perfecto y a la vez tan lleno de defectos. Ese hombre es mi padre, y no puedo, ni jamás podré, expresarle cuánto estoy en deuda con él. Lo único que puedo ofrecerte, papá, es un te quiero.
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