Ya en los vestuarios, al ponernos pantalones, camisetas y zapatillas, se respira tensión. Suspiramos y nos dedicamos ánimos unas a otras mientras esgrimimos sonrisas con una confianza que, en ocasiones, estamos lejos de sentir. Todo (uniformes, cordones de los zapatos, pelo recogido) tiene que estar perfecto, porque en el campo de batalla no habrá tiempo de sentirse señoritas. Hemos venido a pelear.
Saltamos al terreno de juego con una mezcla de emociones: ansias, nervios, tensión, confianza, incluso miedo. ¿Miedo a qué? ¿A que no estemos a la altura? ¿A perder? No. Somos buenas perdedoras, aceptamos la derrota aunque duela. Pero no todo va a ser de color rosa.
Empezamos a calentar: muy pronto dejamos de lado las preocupaciones, concentradas en el sonido de nuestros pies al correr por la pista; probamos los balones, calentamos brazos y dedos con toques por parejas. Llegan los remates de calentamiento. ¿Qué tal remata el equipo contrario? ¿Muy pegado a la línea del fondo o muy bajo en la de tres metros? ¿Con una fuerza arrolladora o con una potencia reducida? Nosotras mismas nos probamos. Pasar la pelota, retroceder fuera del campo, esperar la colocación, zancada, pasito, salto y bum. Parece sencillo, pero es difícil coordinar porque no sabes cómo te va a colocar tu compañera, porque a veces hasta los toques más perfectos se tuercen. A continuación están los saques para calentar. A veces prestamos más atención a cómo sacamos nosotras que a los saques del equipo contrario, error que pagamos caro cuando ya todas las esperanzas se han disipado y hay que pelear cada balón, disputar cada punto.
El entrenador nos da la charla que ya nos ha dicho mil y una veces y que sigue sin calar. Quizá porque estamos demasiado nerviosas para prestar demasiada atención. El juego parece fácil: si sacan ellas, atentas a la defensa, dirigir bien los brazos a la colocadora, una colocación alta y un remate demoledor. Un, dos, tres, continuamente. Pero sabemos que luego todo se complica; en parte por los nervios, que nos hace lanzar balones fuera del campo; o bien por esa excesiva confianza en las zagueras de atrás, que a su vez confían en la primera defensa, de modo que la pelota cae sin ser golpeada y todas nos tiramos de los pelos. Aunque a veces sale bien, una de nosotras grita '¡mía!' y el balón va perfecto, la colocadora lo pasa bien alto a la rematadora, que ya está preparada: un, dos, y zas, la pelota cae en el otro campo. Júbilo y dolor según el lado del campo. Sí, está muy bien, pero queremos más, y más, y más.
En el campo de batalla (pues un partido no es un partido, es una lucha interminable) cada bola va impregnada de un sentimiendo. Valor, sacrificio, tensión, dudas, esperanza, mala o buena suerte, dolor, seguridad. Se respiran ganas de ganar. Una vez que cada una ocupa su posición y no se oye más que un silencio denso, roto por el restallido seco de un balón golpeado con fuerza, ya no somos niñas. Somos guerreras dispuestas a sangrar por cada balón. Porque el voleibol es un deporte que nos apasiona, algo más que un simple pasatiempo. El voleibol es compromiso, es lucha, es dolor, es pasión, y es cosa nuestra llevarnos los tres tantos definitivos.
Dedicado a Sara Romar, Ana Reija, Paula Cabaleiro, Marta Ucha, Sara Trillo, Julio Rumbo y todos los voleibolistas que pululan por aquí.
AIIII, lo has clavado Helena, me gusta ^_____^
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