A veces camino por la calle y todo lo que me rodea son miradas, angustia, paz, desinterés. Pero básicamente miradas. Las hay de todos los tipos para todos los gustos. Hay miradas frías que se preguntan si llegarán muy tarde a su destino por reparar una milésima de segundo en mi persona. Hay miradas cálidas que piensan en ti. Hay miradas verdes, azules, marrones; solemos clasificar los iris en tres o cuatro colores principales cuando hay tal gama de tonos que nos sería imposible recogerlos todos en un álbum.
Me gusta imaginarme la vida de la gente que pasa por debajo de mi ventana, entretejer los hilos de la existencia de alguien con los de otra persona, creando una red tan inconmensurablemente grande que si saltara de persona en persona acabaría por tocar a toda la gente del mundo. O no; porque somos tantos, tantos, tantos, todos haciendo siempre cosas sin parar, sintiendo, viviendo, que marea saberlo. En este instante, en que estás leyendo esto, hay gente realizando toda clase de acciones sin pensar en todas las otras personas a su alrededor que también se están moviendo.
Es raro, pues, que en medio de este frenesí, de esta actividad vertiginosa, nos pueda tocar la fibra sensible una mirada, una sonrisa, una palabra, una persona; es increíble que no pensemos más que en contadas ocasiones en la gente fuera de nuestro círculo diario, o siquiera de nuestra ciudad. Verdaderamente, los seres humanos somos una raza extraña, que preferimos gastar nuestros pensamientos en cosas fútiles y estúpidas en vez de dedicar un pensamiento a la gente que nos rodea. Curioso.
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